No era la rabia, ni una intoxicación por pesticidas o veneno. Tampoco era alguna causa meteorológica, ni ninguna enfermedad conocida hasta ese momento. Algo había matado a 500 murciélagos en la cueva asturiana de Lloviu y no sabíamos qué. Rápidamente, los investigadores se dieron cuenta que tampoco era algo específico de esa cueva, que en el sur de Europa los murciélagos estaban cayendo a miles. ¿Qué estaba pasando? Acabamos de aislar al culpable.