En el idílico verano del 79 después de Cristo, un grupo de unos 300 romanos se refugiaron en la villa marítima de Herculano para protegerse de la erupción que acababa de arrancar en el Vesubio. Fue una mala decisión. Una oleada piroclástica de unos 500 grados atravesó Herculano a unos 200 kilómetros por hora y arrasó todo a su paso: sus cerebros hirvieron hasta hacer explotar sus propios cráneos.
Suena mal. Fue un infierno. Pero ese infierno ha sido, para nosotros, 2000 años después, un golpe de suerte arqueológico porque el complejo histórico de Pompeya nos ha dado muchísima información sobre cómo eres ese mundo y, sobre todo, lo que hemos cambiado. Lo curioso es que, ahora que hemos sido capaces de secuenciar el primer genoma completo de una pareja de aquel momento, hemos descubierto que no hemos cambiado mucho.