Hace pocos días, mi hija pequeña, recién salida de la piscina, vino corriendo a buscarme muy preocupada porque “se había hecho pupa”. Una cosa fascinante de tener niños pequeños es que son una oportunidad continua de redescubrir el mundo en el que vivimos: “la pupa” eran sus dedos arrugados. Para mi, la explicación era obvia: es algo que ocurre cuando pasas mucho tiempo en el agua, pero en ese momento me di cuenta de que no sabía por qué.
Al fin y al cabo, no es que toda la piel se arrugue, no. Solo ocurre en las manos y los pies. Como decía Richard Gray, “donde antes se veían delicadas espirales de una epidermis ligeramente rígida ahora aparecen unos gruesos pliegues de carne más propios de la piel de una uva pasa”. Lo curioso, si me permitís la expresión, es que a poco que uno se pone a indagar en el asunto descubre que hay mucha tela que cortar.