No me caen bien los gatos, no os voy a engañar. No es por nada racional o tangible. Sencillamente, no tenemos buen feeling entre nosotros. Donde otros ven seres adorables, yo solo veo una sana y prudente desconfianza. Sin embargo, desde hace unas semanas, la vida lleva intentando que cambie de opinión. No sé si es verdad que la naturaleza está aprovechando el repliegue de los humanos provocado por cuarentenas y confinamientos para recuperar espacios perdidos, pero lo cierto es que en mi garaje pasan cosas raras.
Y por “raras” quiero decir “ratas”. Eso ha provocado que cada vez que mis intentos para intentar cazarlos fracasaban, el tema del gato volvía recurrentemente en comidas, cenas y desayunos. Al fin y al cabo, “¿Qué mejor que un gato para sacarnos de este entuerto?“, me trataban de vender de una u otra manera sin que yo tuviera una respuesta para ello.
Gracias a Dios, Internet sí que la tenía y he llegado a ella por casualidad: el secreto mejor guardado de los gatos es que son “vergonzosamente ineficaces” a la hora de atrapar ratas. Jaque mate, Garfield
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