Soy rematadamente malo jugando al pádel y no, no es falsa molestia. No es que sea “malo estándar”, es que soy tan malo que estoy casi seguro que en algunos países debe de ser delito. Esto ha provocado que, comprensiblemente, mis parejas deportivas una tras otra quieran cortar conmigo.
Algunas empiezan con lo de “no eres tú, soy yo”; otras son más directas y tratan de convencerme de que en momentos distintos de nuestra vida padelística. Pero la excusa que más sorprendió fue la de un chaval que me dijo que él iba a jugar al pádel para perder, que descansaba mejor cuando perdía y que conmigo era imposible hacerlo. Lo curioso es que, según acaba de publicar la revista Science, es posible que tenga razón.
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