No sabemos muy bien dónde estaba Tegu cuando le contaron que había un cuerpo en sus tierras. Sí sabemos que era el 24 de mayo de 2010. Lo habían encontrado un grupo de mujeres a la vuelta de la Iglesia. Entre ellas estaban su mujer y su cuñada. Fruto de la influencia portuguesa, la Isla de Flores es un reducto católico en mitad del país musulmán más grande del mundo. El cadáver era pequeño, le dijeron; tenía forma humana y estaba cubierto de un pelo gris, casi una pelusa. Sin embargo, su cara era muy parecida a la de un mono y su nariz, “como la de una calavera”.
Al principio, Tegu (que tenía 40 y tantos años y era ingeniero agrónomo) no las creyó. Pero, minutos más tarde, cuando se acercó con su amigo Stefanus, lo vio con sus propios ojos. Cogieron el cuerpo y le dieron sepultura. Con esta y otras historias de las Tierras Altas de Flores, el antropólogo Gregory Forth expone en su libro “Between Ape and Human‘ una hipótesis realmente controvertida: que el Homo floresiensis sigue vivo.