En 2016, Germán Orizaola y Pablo Burraco encontraron una rana de San Antonio negra como el tizón. Hacía muy poco que habían empezado a trabajar en las inmediaciones de Chernóbil y buscaban aprovechar los pecios de la catástrofe para observar a la evolución en vivo y en directo. Y, pese a todo, las ranas negras los dejaron fuera de juego.