El drama que ha vivido el olivar español durante los últimos años podrá ser muchas cosas, pero desde luego no ha sido una sorpresa. Hace dos años, los 40 grados del mes de mayo quemaron las flores del olivo y la falta de agua estranguló los árboles hasta dejarnos en una situación complicada cuyas consecuencias seguimos viviendo hoy. Y, sin embargo, hubo una finca en Baena que logró cosechar 2.000 kilos de aceituna sobre 270 olivos.
Una auténtica barbaridad. ¿Cómo? Aprovechando hasta la última gota de agua.
Empecemos por el principio… ¿Cuánta agua necesita un olivo?. Aproximadamente y en condiciones normales, una hectárea de olivo necesita unos 1.500 m3 de agua cada año. En general, cuando hablamos de secano, la lluvia media de zonas como Jaén puede llegar a cubrir el 70% de las necesidades de un olivar. El problema es que este año (esta década) no es normal.
La nueva realidad. O mejor dicho, el problema es que también en esto vamos hacia una “nueva normalidad”. Llevamos desde 2014 con temporadas hídricas por debajo de la media y, como consecuencia, llevamos años con un problema en el punto crítico del sistema: el agua embalsada. Este problema surge, en el fondo, de que el patrón desde hace algunos años es siempre el mismo: llueve menos días, pero con más intensidad, y se dan episodios cada vez más frecuentes e intensos de lluvias torrenciales.
No todas las lluvias son iguales. Las lluvias que mantienen los pantanos y permiten que el agua se infiltre son las borrascas profundas del Atlántico. Las lluvias torrenciales no solo “no movilizan grandes lluvias en cantidad”, sino que lo hacen de tal forma que no podemos aprovechar la poca agua que dejan. No tenemos herramientas para recogerla y acumularla.
Ante esto, un equipo del Departamento de Edafología y Química Agrícola de la Universidad de Granada se preguntó si no había alguna forma de aprovechar toda esa agua que, en los olivares, se pierde por evaporación y escorrentía. La solución es increíblemente sencilla e increíblemente disruptiva: los investigadores crearon una esponja enorme para enterrar junto a los árboles.
¿Una esponja gigante? Bueno, no exactamente. Según se describe en la patente se trata de un dispositivo cilíndrico relleno de biochar (un tipo de carbón activado) que se entierra junto a la raíz con una conexión al exterior y acumula hasta cinco veces su peso en agua. El dispositivo, “permite asegurar la infiltración en profundidad del agua de lluvia, de riego o escorrentía, evitando su evaporación y optimizando su aprovechamiento”.
Una carrera contra el desierto. No está de más recordar que tenemos que irnos a principios de los 90 (Entre 1991 y 1995) para encontrar una sequía peor que la vivida hace una temporada. Pero, sobre todo, lo fue en lo que se refiere a las repercusiones. Desde entonces, nuestra capacidad de planificación y nuestras herramientas de gestión hídrica han mejorado mucho y el resultado más evidente es que, pese a que desde el 1 de octubre de 2021 (la fecha en la que comienza el año hidrológico) ha caído solo un 25% de lo normal en algunas zonas, estamos consiguiendo minimizar daños.
Este infiltrador es un buen ejemplo de cómo la tecnología está intentando ganar una carrera que España mantiene con la desertificación desde hace años. Una quinta parte del territorio español ya está desertificada y un 1% se degrada rapidísimamente: vamos a necesitar todo lo que podamos para frenar un proceso cada vez más duro.
En Xataka | La “uberización” del aceite de oliva español: cada vez menos manos controlan más y más volumen de producción
*Una versión anterior de este artículo se publicó en diciembre de 2022
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La noticia
Salvar las cosechas de aceituna de la sequía es posible gracias a una tecnología tradicional: la esponja
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Andrés P. Mohorte
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