Lo llamamos “ciudades” porque “junglas de hormigón que multiplican el calor hasta convertirse en un infierno” queda largo. Pero es así. Las ciudades españolas parecen específicamente diseñadas para favorecer todas las dinámicas y fenómenos físicos que ayudan a aumentar el calor ambiental. Y lo tenemos tan normalizado que ni siquiera nos damos cuenta.
Por eso, iniciativas como la de Santiago de Compostela estudiando “el uso de hierba en el enlosado para controlar la temperatura e incidir sobre el clima urbano” nos sorprenden. Y no deberían: deberíamos hablar mucho más de ello.