La vida de un satélite puede acabar de muchas maneras, pero en general pueden resumirse en dos: o bien se queda rondando por el espacio o bien realiza una reentrada en la atmósfera, lo cual suele conllevar su destrucción, en cuyo caso algunos de sus restos acaban esparcidos por tierra y/o mar. Cuánto tarde el satélite en alcanzar este poco plácido final puede suponer un problema.