Una noche de 1879 y mientras cenaba, Constantin Fahlberg se dio cuenta de que el panecillo que acababa de morder estaba increíblemente dulce. Pero mucho. Al principio pensó que el panadero se habría equivocado, pero luego, al darle un bocado más por otra parte del bollo, comprobó que el sabor era normal. ¿Qué estaba pasando? Pues que aquel químico ruso que trabajaba en la Universidad John Hopkins no se había lavado las manos al salir del laboratorio y, por pura casualidad, acaba de descubrir la sacarina.
Desde entonces, la promesa de los edulcorantes no nutritivos (“todo el dulzor y ninguna caloría“) ha sido una constante.