Ya sabíamos, porque lo hemos aprendido de la peor manera posible, que no hay nada como una epidemia para sacar a la luz todos los problemas que arrastran nuestros sistemas sanitarios, nuestras estructuras productivas y, en último término, nuestras sociedades mismas. Lo que no esperábamos es que, tan poco tiempo después de sufrir el COVID, otra epidemia iba a dejar claro que no hemos aprendido casi nada. Pero es así.
¿Qué otra manera hay de entender que, si tenemos 12 millones de dosis de la vacuna de la viruela del mono y la Organización Mundial de la Salud estima que necesitamos entre cuatro y diez para controlar la enfermedad, falten vacunas por todos lados?