Ahora ha llegado a los titulares, pero llevamos desde 2014 en una situación de sequía generalizada. Desde aquel año, cada temporada ha llovido menos que la media histórica (1971-2000); cada temporada ha sumado su granito de arena para construir un déficit global, constante y cada vez más extendido. Pero lo peor no es eso. Y no lo es porque, aunque es poco probable, el azar meteorológico puede sorprendernos con una primavera como la de 2018 (con el marzo más lluvioso desde 1965) que nos ayude a salvar los muebles. La “urgencia” desaparecerá, sí; pero la sequía seguirá ahí.