La guerra no es solo un asunto geoestratégico, económico y social; también tiene ramificaciones profundamente sanitarias. Lo sabemos bien. En 2014, cuando empezó el conflicto en torno a Crimea y algunas zonas del Donbass ucraniano, el sarampión aprovechó las grietas del sistema (y la profunda crisis económica que se desencadenó) para pasar de los 4.782 casos a los 35.120 en un solo año. La inmunización se desplomó desde el 98% de 2006 al 42% de 2016. Y en esa época, no estábamos en medio de una pandemia.